Una rara charla


Pues a mi no se que me pasó, pero ahora nada puede levantarme y mientras siga con este frio en la madrugada, con mis camisitas chiquitas y fumando igual nunca se me quitará.

¡Noooooo! Ya no hay ánimo para mí, creo que estoy entrando en una depresión y cuando estas me llegan son abismales. Creo que de esta no salgo, una cosa llevará a la otra y al final del día terminaré suicidándome. 




¿Sabes que tenía mi cajita de ánimos? Pero se me rompió, aunque junto los pedacitos y consigo pegasolito ya no la puedo armar ¡Jajaja! El pegasolito, yo me lo comía. No lo sabes pero estoy hecho de miles de pedacitos. Todos ellos cimbran a una sola voluntad y ríen cuando lo amerita, pero si se separan lo suficiente para ya no escucharse solo se apagan. Ahora estoy fragmentado, soy incapaz de juntarme de nuevo. Soy muy raro. Moriré como el hombre que soy, con mi espada me haré un corte y acabaré con esto de una vez por todas. Odio sentirme así, soy igual o más depresivo que tu solo que lo oculto muy bien. Ahora deseo salirme, escaparme, pero de todo. Desearía solo desvanecerme, que mis partículas rondaran el aire, quizá saber de todos, pero que nadie supiera de mi. Vagar con libertad, sin sentir, sin ahogarme preso a ninguna sensación ni a ninguna emoción, libre de los barrotes que me significan un corazón débil, tonto y confiado, pero también noble, como siempre lo quise. Desearía solo cerrar mis ojos. 

Soy creyente, pero aun en eso estoy carente del suficiente amor a Dios para hacerlo mi escudo, mi barrera y abrigo ante tales penurias, ante las locas ideas que las tinieblas arrastran hacia mi mente apenas tenemos contacto. Es una mujer seductora que me da lo que deseo pero que quiere lo mas preciado por mi a cambio, lo valioso que poseo, pero que a cada herida se vuelve mas liviano. La muerte me seduce con su sinfonía emitida desde sus carmesís labios embriagándome de comodidad entre sus brazos. Disfruto la soledad, gozo de la amargura, hago de ellas mi bandera e himno hasta paulatinamente precipitarme en ese abismo.

 


Me siento solo, me siento débil y decaído, me rodean los escalofríos, veo todo de un color apagado. No soy capaz de notar las bondades de la vida y si las contemplo no encuentro en ellas el más mínimo destello, la más mínima secuela de lo mágico. Veo mi sendero recorrido y no veo nada de lo cual sentirme orgulloso, solo veo dejos de valentía, de orgullo y de felicidad; sin embargo, todos truncados, deshechos sin mas razón que mis carencias. Me siento así, sin nada de valor, sin nada de mí que consiga brillar y me haga con su resplandor sentirme especial, orgulloso de tener algo único. Me siento tan común, tan insignificante. No veo en mi aquello que me diferencie de las cosas triviales de la vida.

Con vivacidad y júbilo siento elevarme ante mi intento, y gozo cuando como al polvo el viento levanta mi ser y después siento la crudeza cuando con desdén me vuelve a tirar al suelo, con furia y deseos de lacerar. Me incorporo sintiéndome tan poca cosa, un objeto que con destreza manipulan otros sin contemplar el tocar con sus manos sucias mis mas bellas y delicadas emociones, mis mas nobles y frágiles sentimientos. Me siento derrotado, cabizbajo. Ya ni siquiera soy capaz de ver en las personas en la calle ninguna emoción que me invite a compartir, ajeno a sus mundos me siento, un extraño andando en un mundo que no es para él y donde todas las personas lucen sin rostro y sin humanidad, pero soy yo quien ha perdido la capacidad de notarla con mis ojos casi ciegos. 


Dile a la tristeza que ahora somos tan parecidos. Siempre relegué de la idea de quitarse la vida, me daba miedo. Creía que en mi camino encontraría un sendero que me apartara de mi melancolía, que me llevaría por verdes prados y que me haría gozar de nuevo, como no lo he hecho desde que fui un niño, pero para mi Dios solo tiene penurias. ¿Qué hacer cuando todo te da la espalda? Cuándo sientes la impotencia en cada acto, cuando imaginas como con desprecio observa Dios tus intentos por levantarte, con indiferencia a tu esfuerzo. En ocasiones imagino que todos se ríen de mí, se mofan de mis intentos de incorporarme. Cada vez lo siento más cruel y es más difícil intentarlo de nuevo. Cada día lastiman más las caídas y el desgarro de mis músculos se vuelve sofocantemente intenso. Me siento sin fuerzas y lo peor, ya no creo poder levantarme. Ya no hay en mí ese impulso, ese vértigo que me da la jovialidad, la intensidad de mi edad desaparece, lo festivo de mi carisma se pudre. Mi camino solo apunta hacia un lado, hacia el abismo.



Quisiera dejar de caminar ahora para ya no embarrarme más en mi suciedad, apartarme ahora que aun puedo presumir de estar limpio, porque aun cuando me han vencido jamás sentí derrotarme a mi mismo. Solo será una vez, arrancando con ello este sentimiento que tanto odio para siempre, a la inferioridad, a la indiferencia. Deseo cerrar mis ojos y que la pausa sea eterna, dejar de escuchar ruidos de melancolía de amargura y soledad. Que se aparten de mí las sombras que envenenan mi espíritu, que derriban mi armadura y me dejan desnudo, con frio, deseoso de la calidez que reconforta.

Y después, aparecer en otro lado más jovial, un mundo para mí, en el que no me importe nada mas, solo las cosas que me hacen feliz y que todos me cuestionaban. No se si por ser incorrectas o porque solo no les gustaba verme con una sonrisa dibujada en mis fríos e inexpresivos labios. Criticas desde siempre, agobio, una tristeza que no era mía, pero que los demás se encargaron de encasquetármela. ¿Porque lo que hago tiene que incomodar a los demás?

 Así soy como un virus. Mi tristeza no se apaga, solo expande su tóxico y desquiciante manto. Espérame, primero tienes que escucharme, nadie puede ayudarme, solo yo puedo calmarla. Inventándome sueños y metas irreales, inventándome una fuerza inexistente que ilumine mi rostro, para después no cumplirlas y precipitarme de nuevo. ¡Vaya circulo vicioso en el que estoy metido! Tan arraigado a mí, tan propio. Debería haber aprendido a manejarlo mejor, debería dejar de ser un tonto. Si pudieras ver ahora mi rostro. Ya nada se puede hacer conmigo, no hay como ayudarme he comenzado a odiarme y ese es un sendero del que ya no hay retorno.

¿No te doy miedo? ¿O lastima siquiera?

Ya no hablemos mas, solo dejemos escuchar nuestras respiraciones que arrullen nuestros sueños. Que con su delicada armonía nos impregne de una felicidad efímera pero igual de disfrutable que anhelo compartir con alguien en éste último momento.

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