Relato: El miedo de día de Muertos.


Sigo influenciado por estos días de espanto, aunque en México no se acostumbra celebrar el Halloween, tenémos tambien una bonita tradición: La celebración del día de Muertos. Me decidí escribír un relato para conmemorar estos días. El relato intenta ser de miedo, pero no sé si lo habré conseguido. Espero me lo hagan saber con sus comentarios.
La historia mezcla dos leyendas urbanas muy populares en Rioverde, aquellos que la lean y sean de allí seguramente las identificarán fácilmente. Pues no me queda mas que agradecerles a los pocos que visitan el sitio y espero que les guste.




El Perdón.


Esta noche le ha vuelto a suceder. Respira jadeante, retirando el abundante sudor de su rostro; esta sensación de temor agobiante le es muy conocida. Casi puede escuchar el desenfrenado palpitar de su corazón en medio del absoluto silencio que se apoderó de aquella habitación. Dirige su pequeña y temblorosa mano hacia el mueble a su lado intentando tomar algo, casi por instinto; angustiado al estar totalmente envuelto en la penumbra y sabiéndose acechado por algo que sus cristalinos ojos son incapaces de ver. Un mal invisible lo observa; no es capaz de distinguirlo, pero sí de percibirlo en aquella viciada atmósfera. Lo siente tan cerca que parece exhalarle en el rostro: cierra sus ojos mientras una brisa congelante le provoca un escalofrío el cual se apodera de él y de sus movimientos. Su mano se ha quedado a mitad del camino, en aquél, su último intento, y sus lágrimas escurren de forma abundante hasta sus oídos. Es apenas un niño; un pequeño que tiembla y sufre por un mal que no es capaz de asimilar. ¿Qué ha hecho para merecer una pena y un castigo que lo han aquejado tanto tiempo?

Fue hace cuatro años, cuando inocente y alegre jugaba en el jardín con sus juguetes; escuchaba sin poner ninguna atención una conversación.

- ¡Vamos! ¿Acaso tienes miedo? Ya habíamos quedado en esto, teníamos un plan.

- ¡No puedo, en serio! Tengo que cuidar esta noche de mi hermanito David.

- ¡Llévatelo! Iremos en el automóvil de mi tío José, él manejará. Anímate, será genial.

- No lo sé, no me parece correcto. – Responde al voltear a ver como juega infantilmente con unos soldaditos.

Así caminaba el pequeño infante, temeroso y abrazado de su hermano mayor, por aquel pequeño bosque llamado “La Planta”; lugar extraño que motivaba relatos de espanto por su singularidad. Un pequeño bosque en medio de una zona árida era algo inusual en las afueras de aquella poco populosa ciudad. La extrañeza del lugar se acentuaba a estas horas, las once de la noche, al elevarse majestuosos los enormes cedros; impidiendo totalmente apreciar el estrellado cielo, inundando todo el sitio con un mar de oscuridad y un silbido, fruto del viento contra los árboles.

Allí andaban los tres chicos recién ingresados a Secundaria tratando, a sus once años, demostrar su valentía y osadía; reunidos en grupo y hablando en voz baja, mientras seguían a José: el mayor, por un angosto sendero con grandes matorrales bordeándolo, los cuáles, con el resplandor de aquella única lámpara, daban vida a miles de sombras que parecían danzar a todo lo largo de aquel trayecto. El pequeño David temblaba de temor cuando de la infinidad de sombras parecía vislumbrarse un pequeño ser que lo veía, nunca duraba lo suficiente para poder confirmar su presencia, pero fue una sensación que lo acompañó todo la ruta hasta que arribaron a unas viejas ruinas; lugar donde se encontraba el motivo de esta tétrica aventura.

Luis es consiente del miedo de su hermano, le es claro cuando al caminar con frecuencia lo oprimía en su abrazo. Se siente estúpido al haberlo traído; haberse dejado convencer de exponerlo a este tipo de emociones que a ellos les sonaban divertidas, pero a él lo estaban afectando en sobremanera.

- ¡Bien! ¿Quién será el primero? ¿Quién se asomará al pozo? Quizá pueda ver un angelito. – dice uno de los chicos de manera altanera.

- ¡Yo seré! – Contesta otro un tanto nervioso, al tiempo que asoma su cabeza tímidamente a esa profunda fosa. - ¡Baaaa, no hay nada! – Grita efusivamente - ¡Solamente se ve agua! ¿Quién les dijo esa historia tan estúpida?

- ¡Déjenme ver! – dice Luis mientras toma los pequeños bracitos que lo sujetaban firmemente de la cintura. – Permíteme David, ahorita vuelvo. - Le habla de manera cariñosa, al separar con un poco de fuerza a su hermano.

El niño está muy temeroso, escucha ruidos por todos lados, creé ver formas que lo observan desde las penumbras; y ahora sin su hermano, se siente vulnerable, como desnudo. Esto se agrava cuando cada sonido que oye le parece más anormal y lúgubre que el anterior. Voltea de manera agitada la cabeza buscando el origen de aquellos extraños susurros. Ni siquiera escucha ya las risas de su hermano quien, aliviado, platica con sus amigos al no encontrar nada de lo que citaban esas sombrías historias. El pequeño ha quedado paralizado por el sinnúmero de murmullos que simulan girar a su alrededor; son risas lejanas, como de otro tiempo, perdidas allá, en la inmensidad de la arbolada. Primero parecen distantes, aunque, a cada instante que transcurre las percibe más claras y nítidas. Sus ojos comienzan a titilar de modo acelerado, a modo de una ligera convulsión, cuando a sus oídos llegan pláticas y juegos de seres infantiles, son tan legibles esas inocentes voces como si estuvieran frente a él. Los ecos de aquellas risas rebotan en las ruinas de la otro hora imponente casa, víctima del olvido y el tiempo. Por un instante vuelve en sí y una curiosidad incontrolable lo hace dirigirse hacia el pozo. Coloca ambas manos sobre el circular muro y se levanta de puntillas para visualizar el origen de aquellas voces. Se queda sin habla y paralizado.

Luis continúa platicando y entre risas nota que se había olvidado completamente de su hermanito. Voltea abruptamente hacia el sitio donde lo había dejado, mientras un sentimiento de angustia sobrecogedora lo embarga. Pausadamente vuelve a girar la mirada ahora hacía el pozo y un miedo indescriptible lo agobia al descubrir una ligera silueta inclinándose hacia éste. Morosa y nerviosamente camina, pues el temor angustiante se acrecienta a cada paso que se acerca, ahora la imagen de su hermano es clara. Lo llama tímidamente sin recibir ninguna reacción; confundido y extrañado por la actitud de su hermano, toma su hombro y extiende su mirada hacia donde observa atentamente el niño, con un temor abrumador al notar aquellas desconcertantes risas.

La palidez absoluta se plasma en su rostro cuando impactado, abre aún más sus atónitos ojos. Aparece entonces una imagen dantesca; allá en la profundidad abismal pequeños cuerpos se arremolinan, siluetas compuestas por una neblina ligeramente teñida de azul fluorescente, despidiendo una canción de risas y llantos. Su semblante se transforma intempestivamente cuando, totalmente aterrorizado, contempla como unos centelleantes ojos rojos los ven fijamente al tiempo que había escalado gran parte de la pared del abismo. Tan solo es clara la silueta; tan negra como la mas profunda oscuridad, que alarga sus brazos para seguir impulsándose. Comienza a temblar copiosamente, lo cual hace sentir de nuevo el hombro de su hermano. Reacciona rápidamente; lo toma con su brazo y lo hala bruscamente mientras con su voz quebrada por el terror llama a sus compañeros a irse de inmediato. Estos extrañados por su comportamiento los siguen, pues habían permanecido ajenos a estos acontecimientos y por más que buscaban cuestionarle, no les respondía.

Su mundo, el de ambos, cambió desde aquel fatídico día, aunque quien más lo resintió fue Luis. Su jovial rostro de niño de once años parecía haber sido marcado. Lucía cada día más retraído y absorto en su mundo. A la semana dejó la Secundaria; ya no atendía visitas, ni siquiera de sus compañeros de clase; incluso dejó de platicar con sus padres, a quienes les había contado algo que le ocurría por las noches, y estos, parecían restarle importancia. Esto hizo que se ensimismara aún más, aunque siempre buscando la compañía.

El pequeño David había sido quien mejor notaba el cambio de Luis y él tampoco podía dormir bien ya. En muchas ocasiones despertaba durante la noche sintiéndose inmovilizado, como si alguien sobre él restringiera su movimiento y habla. No lo contaba a nadie, ya que no quería ser ignorado como le había ocurrido a su hermano. Estos incidentes volvieron sensible su sueño y le permitía que en varias ocasiones escuchara como Luis lloraba a media noche. Escuchaba también que con débil y temblorosa voz rezaba y oraba entre sollozos mientras encendía una lámpara con la que siempre dormía. Estas situaciones preocupaban a su pequeño hermano quién se levantaba y le cuestionaba sin recibir respuesta alguna.

Fue una noche tres meses después del incidente en “La Planta” que Luis despierta a su hermano toqueteando su cuerpo.

- ¿Qué pasa Luis? – le dice muy extrañado por la hora y por el hecho que después de tanto tiempo vuelva a hablarle.

- ¡Quiero… quiero que… quiero que me perdones hermanito! – Le habla llorando - ¡Perdóname por favor… por haber sido tan tonto y tan mal hermano! – Continúa mientras lo abraza.

- Claro que te perdono hermano, ya no llores. Mañana es tu cumpleaños y te perdonaré todo – le dice con pequeñas lágrimas que le escurren por verlo llorar al tiempo que abraza su ya delgado cuerpo también con sus manitas.

- ¡Perdóname David! Y toma este rosario para que te acompañe – asevera mientras que lo coloca sobre su cuello, lo ve fijamente con su muy demacrado rostro, le sonríe dulcemente y lo besa en la frente.

Esa noche Luis murió de forma cuanto más extraño. David poco recuerda de lo que sucedió aquella noche. Solo recuerda el rostro imborrable de su hermano con sus grandes ojos y boca totalmente abiertos. Se dice que fue un paro cardiaco y así lo creyó él, hasta ahora.

Su cuerpo sigue temblando, desde hace cuatro años sentía estos terribles ataques, pero últimamente se hicieron más cercanos e intensos. Ahora esta seguro, hay algo sobre él. No puede alcanzar la lámpara, e impotente al no poder gritar, cierra aún más fuerte los ojos y comienzan los rezos en su mente. De pronto escucha hablas y risas, los cuáles le recuerdan un lugar lejano y trágico. Sollozando duda en abrir los ojos, quizá allí encuentre alguien que pueda ayudarlo. Súbitamente se abren de total asombro, su corazón enloquece golpeando su pecho cuando a su mente vuelven aquellos recuerdos. Ese espeluznante mal salido desde tan profundo había cegado el alma de su hermano, y también lentamente, se llevaba la suya, mientras su ya vacía mirada sigue contemplando aquellos centellantes y horrorosos ojos de fuego. Apenas cumplía sus doce años.

Autor: RTM


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